Relatos en la nueva normalidad II

  Hola, ¿Qué tal?

He decidido continuar con la serie de relatos que empecé hace unos meses. Espero que sigas disfrutando de ellos. 

...

Los agentes le volvieron a hacer las mismas preguntas. Dónde estaba ella en el momento en el que los atracadores entraron, y cómo era posible que no hubiera escuchado nada. Julia estaba sentada en las escaleras que subían al pequeño desván, escuchaba a Mateo responder las preguntas de los enfermeros que habían acudido en la ambulancia. Sí, estaba bien; no, no veía borroso; sí, iría al hospital cuando recogiera un poco la tienda y llamase al dueño. Cuando se fueron todos se acercó hasta donde estaba ella y la abrazó, se quedaron así durante un tiempo hasta que Julia habló: - ¿Qué es lo que ha pasado? Quiero la verdad, Mateo. Lo miró a los ojos y él apartó la mirada. La cogió de las manos y le dijo: ¿te acuerdas de las teorías que escribiste aquella primera vez que empezamos a hablar? - Las dije de broma, Mateo, ¿Qué tienen que ver con todo esto?- Mucho en realidad. Ven, ayúdame a recoger esto y te cuento. 

Cuando acabaron, subieron al desván. Mateo hizo café y té y se sentaron. Julia miró su taza y compuso una mueca, sospechaba que el té de antes llevaba algo y que por eso no se había despertado con el ruido de la tienda. - Tranquila, este no lleva nada - Sus ojos enfadados y asustados lo clavaron en la silla. - Déjame que me explique, suplicó-. Se apartó de él y dejó la taza en la mesa. - Julia, por favor- De acuerdo, te escucho- Se cruzó de brazos y esperó. Él suspiró, se pasó la mano por el pelo y por un momento Julia vio cómo luchaba contener las lágrimas. 

- Yo tenía seis años la primera vez que en mi casa entró uno de esos libros con el símbolo del reloj y la espiga en la portada. Mi padre trabajaba en un archivo restaurando los libros que más dañados estaban y un día se trajo el trabajo a casa. Era la primera vez que lo hacía. A mi me gustaba entrar en su pequeño despacho, el olor a cuero antiguo pronto se convirtió en mi olor favorito. Recuerdo que ese fue el encargo que más tardó en realizar, no porque estuviera demasiado dañado, no, se había obsesionado con los símbolos, intentó averiguar lo que significaban. Esa fue su perdición, bueno, más bien la nuestra. Las páginas de ese libro lo envenenaron y lo apartaron de nuestro lado. 

Una noche, Arturo Polo llamó a nuestra puerta. Mi madre y yo pensamos que ese hombre que nos miraba desde el dintel de la puerta era su jefe, que venía a buscar el libro que aún no había terminado. Así que le dejamos entrar y se fue al despacho con mi padre. Cuando salió, llevaba el libro entre sus manos y se fue sin decir palabra. A los pocos meses mi padre enfermó de una manera muy extraña y murió. A los diez años de aquello, volví a ver a Arturo Polo, la enfermedad que se había llevado a mi padre también parecía querer llevarse a mi madre y él llegó justo en el momento que más desesperado estaba. Me dijo que no pudo salvar a mi padre y que tampoco podía salvarla a ella, pero que aún había esperanza para mi. Quería que trabajase para él, que le ayudase a encontrar más libros como el que había llevado mi padre a casa. Mi madre murió a las semanas de yo hablar con él. No quería saber nada de él, ni de los libros, ni de nadie, hasta que un día, organizando las cajas del sótano de mi antigua casa, encontré una con libretas llenas con los apuntes de mi padre. Recuerdo leerlas todas esa misma noche. Al día siguiente busqué la tarjeta que me había dado y lo llamé. Desde ese día trabajo para él buscando más libros con esos símbolos o cualquiera que haga mención a ellos. Te decía la verdad cuando te dije que no sabía para qué quiere esos libros, al principio no me importaba, pensaba que simplemente los destruiría, después de descubrir de qué forma estaban relacionados con lo que me había pasado quería que ardiesen todos. Pero todo cambió hace tres meses. - 


Que la magia te acompañe siempre, 

Leo

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