Relatos en confitamiento II
Hola, ¿qué tal?
- ¿Dónde has estado?- La pregunta salió de sus labios nada más verlo. Julia lo miró. Llevaba una chaqueta vaquera, un jersey marrón fino debajo y unos pantalones negros. La miraba con una sonrisa traviesa. - Ven quiero enseñarte un sitio, allí podremos hablar-.
La llevó no muy lejos de donde vivían, dos calles por encima. El sitio era una pequeña librería, olía a libro nuevo mezclado con el olor de libros antiguos y a café. El mostrador estaba vacío, a la izquierda de éste había unas pequeñas escaleras que subían a una segunda planta. Mateo cerró la puerta con llave y la miró. - Trabajo aquí. El dueño no suele aparecer por aquí casi nunca. Así que no nos molestará-.
Julia se estaba paseando entre las estanterías y las columnas de libros que había. Cogía libros al azar, los hojeaba y los volvía a soltar. - Nunca había estado aquí, ni sabía que estuviera aquí-. - Bueno, la librería es pequeña, no suele destacar mucho. Ven, vamos arriba-. Subieron las escaleras y llegaron a un pequeño desván. También estaba lleno de libros, pero en el centro había dos butacas y un pequeño hornillo para el café. Se sentaron cada uno enfrente del otro. - ¿Quieres café?- No, gracias-. Se quedaron unos minutos en silencio.
- ¿Qué te pasó?- Bueno, mi jefe es alguien bastante peculiar. Me tuvo ocupado buscando unos libros- se rió - ¿y están los libros aquí? - No, los encargos especiales, como los llama él, se los lleva-. Julia se levantó y fue hacia una de las estanterías, pasó sus manos por los libros. - ¿Por qué no me has pedido aún mi número?- Mateo empezó a reírse - Soy un romántico. Siento predilección por escribir en papel. - Ahora fue Julia la que rió. - ¿Eso es lo que te preocupa?- preguntó él. Ella le dio la espalda. - No, es más bien curiosidad. A todo el mundo le parece raro que hablemos así-. - Pues yo te veía bastante bien escribiendo -. - No es eso - Unos golpes en la puerta los interrumpieron. - Voy a ver quién es. Puedes quedarte aquí arriba si quieres-. Mateo bajó las escaleras y Julia se sentó en una de las butacas. Suspiró y miró hacia la mesa. Mateo había dejado un papel allí. "Este es mi número. No deberías agobiarte por lo que los demás digan". Ella sonrió y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Se acomodó aún más en la butaca y esperó a Mateo. Pasaron lo que a Julia le parecieron horas y, aburrida de esperar, decidió bajar. Si Mateo estaba muy ocupado con los clientes le diría de volver mas tarde.
Cuando llegó al mostrador, en la tienda solamente estaban Mateo y otro hombre. Estaban sacando libros de unas cajas. El hombre fue el primero en reparar en ella. - Oh, hola. No sabía que teníamos invitados hoy-. Lanzó una mirada de reproche al chico. - Mi nombre es Arturo Polo. Soy el dueño de esta modesta librería-. Julia se acercó y le estrechó la mano que le ofrecía. - Yo soy Julia, una amiga de Mateo, pero ya me iba-. Por un momento a Julia le pareció que sus ojos no tenían pupilas y su iris era dorado, apartó la mano, pero cuando volvió a mirar sus ojos eran normales. Sin embargo, su presencia la incomodaba y le ponía nerviosa. - Bueno, me marcho ya. Un placer señor Polo. Mateo, hablamos luego-. Lo miró y parecía muy preocupado. No contestó y ella se marchó.
La llevó no muy lejos de donde vivían, dos calles por encima. El sitio era una pequeña librería, olía a libro nuevo mezclado con el olor de libros antiguos y a café. El mostrador estaba vacío, a la izquierda de éste había unas pequeñas escaleras que subían a una segunda planta. Mateo cerró la puerta con llave y la miró. - Trabajo aquí. El dueño no suele aparecer por aquí casi nunca. Así que no nos molestará-.
Julia se estaba paseando entre las estanterías y las columnas de libros que había. Cogía libros al azar, los hojeaba y los volvía a soltar. - Nunca había estado aquí, ni sabía que estuviera aquí-. - Bueno, la librería es pequeña, no suele destacar mucho. Ven, vamos arriba-. Subieron las escaleras y llegaron a un pequeño desván. También estaba lleno de libros, pero en el centro había dos butacas y un pequeño hornillo para el café. Se sentaron cada uno enfrente del otro. - ¿Quieres café?- No, gracias-. Se quedaron unos minutos en silencio.
- ¿Qué te pasó?- Bueno, mi jefe es alguien bastante peculiar. Me tuvo ocupado buscando unos libros- se rió - ¿y están los libros aquí? - No, los encargos especiales, como los llama él, se los lleva-. Julia se levantó y fue hacia una de las estanterías, pasó sus manos por los libros. - ¿Por qué no me has pedido aún mi número?- Mateo empezó a reírse - Soy un romántico. Siento predilección por escribir en papel. - Ahora fue Julia la que rió. - ¿Eso es lo que te preocupa?- preguntó él. Ella le dio la espalda. - No, es más bien curiosidad. A todo el mundo le parece raro que hablemos así-. - Pues yo te veía bastante bien escribiendo -. - No es eso - Unos golpes en la puerta los interrumpieron. - Voy a ver quién es. Puedes quedarte aquí arriba si quieres-. Mateo bajó las escaleras y Julia se sentó en una de las butacas. Suspiró y miró hacia la mesa. Mateo había dejado un papel allí. "Este es mi número. No deberías agobiarte por lo que los demás digan". Ella sonrió y se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Se acomodó aún más en la butaca y esperó a Mateo. Pasaron lo que a Julia le parecieron horas y, aburrida de esperar, decidió bajar. Si Mateo estaba muy ocupado con los clientes le diría de volver mas tarde.
Cuando llegó al mostrador, en la tienda solamente estaban Mateo y otro hombre. Estaban sacando libros de unas cajas. El hombre fue el primero en reparar en ella. - Oh, hola. No sabía que teníamos invitados hoy-. Lanzó una mirada de reproche al chico. - Mi nombre es Arturo Polo. Soy el dueño de esta modesta librería-. Julia se acercó y le estrechó la mano que le ofrecía. - Yo soy Julia, una amiga de Mateo, pero ya me iba-. Por un momento a Julia le pareció que sus ojos no tenían pupilas y su iris era dorado, apartó la mano, pero cuando volvió a mirar sus ojos eran normales. Sin embargo, su presencia la incomodaba y le ponía nerviosa. - Bueno, me marcho ya. Un placer señor Polo. Mateo, hablamos luego-. Lo miró y parecía muy preocupado. No contestó y ella se marchó.
Que la magia te acompañe siempre,
Leo.

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